La historia de mi segundo parto


Después de una larga espera para el parto, -del cual escribiré después- el 3 de febrero en la madrugada, me despertó con contracciones. Las olas se fueron intensificando y a las 3:00am llamamos a las parteras. Ellas llegaron a las 5:00am, pero las contracciones disminuyeron en intensidad y frecuencia. Yo desesperé al pensar que algo estaba mal, que el parto se detuvo y aun faltara mucho. Ya estábamos casi en la semana 41 y la experiencia con Erandi (siendo que ella llegó en la semana 39) no me preparó para “tanto”. Una de las parteras me afirmó en la certeza de que Ayari estaba cerca. El parto inicial se caracteriza por preocupaciones de ese tipo y por pensar demasiado. No tenía por qué sentirme culpable ni con miedo, pero aún faltaba un poquito más. Mientras tanto, debíamos descansar y alimentarnos. Ya me dolía la cabeza por no dormir. 

Las parteras se fueron, pero sus cosas se quedaron listas en casa. Esa mañana desayunamos y me fui a dormir. Nuestros amigos oraron por nosotros y eso me hizo sentir más en casa y tranquila. Las contracciones siguieron, pero el día fue bastante normal. Después de la comida, Erandi y yo nos pusimos a armar un rompecabezas, a esto le siguió una película. Las contracciones fueron aumentando en intensidad y frecuencia. Cada vez que sentía una contracción fuerte, mi hija me sobaba la espalda hasta que pasaba la ola. Hacia el final de la película ya no podía concentrarme en otra cosa y pedí a Abdiel que subiéramos al baño. 

El parto activo estaba comenzando. Llamamos a las parteras y Abdiel contaba las contracciones y los tiempos. Me sugirieron entrar a la regadera para calmar la tensión en mi cuerpo. Me ayudó por unos 20 minutos. Ellas venían en camino, las contracciones eran más frecuentes, intensas y largas. Salimos del baño y llegaron. Las parteras propusieron revisarme para saber si era buena idea entrar en la alberquita inflable, porque el agua caliente ayudaría a sobrellevar las olas que empujan la vida. Pero, esa misma agua, podría bajar el ritmo del parto si no estaba dilatada lo suficiente. Antes de la revisión llegó otra fuerte ola y sentí no poder más. Expresé algo, pero no recuerdo mis palabras. Estaba rodeada por ellas y Abdiel. Tema, me hizo reír preguntando con ironía, —¿Acaso no sabes parir? —.  Reí y después lloré. La confianza que le tenía sabía que su pregunta era una manera de desafiarme y era lo que necesitaba justo en ese momento. 

La revisión mostró que ya estaba en 8cm de dilatación y el pronóstico fue que al romperse la fuente todo se aceleraría. En el momento de la revisión, vino una fuerte contracción. Me puse en cuatro puntos y las manos de Tema en mi cadera se sintieron como magia para aliviar la tensión. Justo después de que ellas salieron de la recámara, me puse de pie con ayuda de Abdiel, vino otra fuerte ola y sentí un “pop”. Salió el liquido amniótico, subieron de nuevo las parteras a revisar. El liquido era cafesoso y eso nos puso en alerta. ¬ —Es meconio viejo —, aseguró Tema, nuestra partera con más experiencia. La decisión ahora era bajar las escaleras o regresar a la recamara. Bajamos rápidamente mientras calentaban el agua de la alberquita. También alistaron una silla especial para el parto. Hubo un descanso en las contracciones y yo aproveché para acomodarme en la silla, tomar agua y respirar más tranquilamente. 

El momento había llegado. Yo sentía ganas de ayudar a mi bebé a salir. ¬ —Enraízate, Alejandra —, fueron otras palabras elementales de una de ellas. El deseo de gritar estaba bien, pero debía canalizar la fuerza para unirme a la contracción y pujar con todo mi cuerpo. No recuerdo el dolor, sino más bien el deseo de conocer a mi hija. Lo más difícil fueron los 90 minutos de contracciones antes de que se reventara la fuente, ahora mis hormonas me tenían con un sentimiento de alegría y excitación. Disfruté esos últimos 20 minutos de unirme a las contracciones. Nunca llegué al agua de la alberca. Pero en algún momento, se unió mi hija mayor y se puso a mi lado. Abdiel me sostuvo con sus manos, sentado detrás de mí. La luz era tenue y todo el ambiente estaba listo para recibir a la nueva vida. De pronto escuché: —Tiene mucho cabello — y pude tocar su cabecita. A los minutos nació su cuerpo y unos momentos después, Alix la colocó sobre mi estómago. Abdiel, Erandi y yo, maravillados viendo a Ayari no me permiten recordar con detalle que pasó después. Nació la placenta, tuve una pequeña hemorragia que las parteras controlaron con medicamento y después me acomodaron cómodamente en un sillón para que Ayari se alimentara de su mami. 

Ayari se agarró del pecho como una profesional, tomó su calostro y se quedó dormida. A mi me dieron de cenar, mientras otra de las parteras estudiantes, Bere, me preparó un rico atole de maíz azul. Yo me sentía profundamente agradecida, feliz y satisfecha. Todo salió bien, gracias a Dios. Este parto fue sanador. Me afirmó en mi experiencia como mujer y mamá y mi vocación por traer VIDA, que todos tenemos. 

Notita final:
Reconozco que todo nacimiento es un milagro de vida. En medio de una experiencia tan rica, hermosa y respetada, es mi anhelo porque todas las mujeres vivan un parto digno y lleno de amor. La mayoría de los partos pueden vivirse sin intervenciones y una partera con experiencia, sabrá canalizar partos de mayor riesgo para recibir intervenciones necesarias que protejan la vida (sea una cesárea o algo más).  Por otro lado, la violencia obstétrica es una realidad en todas partes, de la cual debemos hacer conciencia y luchar para combatirla. Sé que muchas de mis amigas la han experimentado y eso me duele. 


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